Me asomé al mar para verla. Su piel oscurecía en la profundidad y sus lágrimas se perdían entre el agua. No podía entrar a salvarla de su tristeza, aquella de no poder estar juntos. Lloré de tanto desearla y al tocar mis lágrimas la superficie del agua todo cambió. Pasa que mi tristeza se unió a la suya. El mar es sólo de ella y el aire es todo mío; por eso el mundo es nuestro, todo es nuestro. Y aunque nunca estemos juntos, sabré que me guardo, universal, en un rincón de su memoria.
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